Mi afán de comprensión y de unidad me ha empujado muchas veces al borde mismo de la pusilanimidad y mi profundo amor por la Humanidad, a ser pisoteado por numerosos miembros de la misma. En este sentido, hay ejemplos innumerables, pero igualmente vacíos y anecdóticos; sin embargo, hay una postura, una creencia (o no-creencia, si se quiere) que jamás expuse públicamente más que frente a quienes sabía yo que entenderían mis planteamientos, llenando mi necesidad de evitar problemas y obviar polémicas.
Es que son muchos, muchos los argumentos que se esgrimen cuando se habla de creer o no en Dios y, para mí, que los escuché de múltiples borrachos y de otros tantos sacerdotes, dejaron de ser interesantes cuando pude costearme las cervezas por mi mismo, sin necesidad de recurrir a una conversación inútil o a las clases de catecismo para conocer nenas que no me daban bola: todo esto me lo pude procurar en diferente etapas de mi vida, ambas alejadas ya del presente. Eso, al menos, quiero creer.
Particularmente llamativo me pareció siempre eso de que, si no podías probar que dios no existe, entonces, debe de existir. Es decir, para verificar un hecho negativo, se le imputa al ateo (me permitiré utilizar el concepto con ligereza) la carga de la prueba. En cambio, para sostener que sí hay un dios, entonces, la fe todopoderosa se convertía en argumento incontrovertible.
No dejó de llamarme la atención que apareciere quien propugnaba un agnosticismo encantador, que le permitía quedar al margen de cualquier discusión, quedando bien, casi literalmente, con dios y con el diablo. Nadie se moja, ¿no?
En realidad, a mí el asunto me dejó de importar y lo abandoné por años, porque entendí que, en esta clase de materias, donde sólo creer basta y es algo plausible, era imposible recurrir a la lógica o al raciocinio (estoy tratando de no tomar partido aún, créanme, pero es difícil…) para llevar adelante una discusión sensata. Cada loco con su tema, piensa Riquelme, y se ahorra problemas.
Sin embargo, así como lo dejé, lo volví a tomar cuando, por un cúmulo de circunstancias inenarrables en este foro, no pude sino darme cuenta de que, lamentablemente, no podemos dejar el asunto en manos de cada cual. La humanidad y la sociedad chilena, de la que soy parte y de la que no puedo renegar, han dado muestras tangibles de estupidez asombrosa y risible y, sin sentirme el llamado a sacudirles de su estulticia anquilosada e institucionalizada, tengo, tengo que hablar, escribir, lo que sea, y exponer ciertos puntos fundamentales.
Es muy gracioso: la libertad de expresión, como dice Bill Maher, llega hasta aquí, hasta donde llega la religión. Una vez, a un amigo le dijeron sabandija y, al comentarlo, nos reímos aún de ello. A mí me dicen blasfemo. Y suena igual de chistoso.
Así las cosas, cualquiera puede comprar minutaje en televisión y exponer ideas tan cuerdas como que los muertos se levantarán de sus tumbas y que un hombre nació de una mujer virgen, pero no hay quien se atreva a decir en voz alta que dios y sus secuaces, el hijo y el espíritu santo son patrañas; cuentos infantiles, en el mejor de los casos.
Mi punto no es exclusivamente molestar, joder, “romper esquemas” o romper pelotas. Si no creyera que de la religión institucionalizada y de la otra no surgen sino problemas y males más grandes que los que tratan de sanar, ni me molestaría. Éste es el punto: la religión es MALA, evita que pensemos, permite que entreguemos niños a sacerdotes que han visto negados sus impulsos sexuales naturales y los han aberrado, favorece el odio entre pueblos, perpetúa la pobreza de los pobres y sostiene el poder de los poderosos.
Entonces, pues, gente de buen corazón: ayúdenme, ayúdense, ayúdenles a no caer en la comodidad de la fe, que reniega lo más esencial del hombre, lo que lo diferencia del resto de las especies que cohabitan este planeta, el raciocinio.
Es MALA, insisto:
lunes, 30 de marzo de 2009
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